jueves, enero 25, 2007

No solo cuentan los marines muertos

Por Ángel Rodríguez Álvarez/Servicio Especial de la AIN

Diariamente
los medios de prensa publican el número de bajas sufridas por las tropas norteamericanas de ocupación en Iraq, en lo que resulta un dramático, sangriento y en continuo crecimiento goteo de cadáveres.
En el momento de redactar estas líneas el mando estadounidense reconoce casi tres mil 100 caídos en acciones de la resistencia.
La envergadura de esta tragedia provoca que pasara a un segundo plano el también terrible drama de los heridos, con su no contabilizada carga de fallecidos en hospitales y los mutilados.
A esa cuenta, de la que existen evidencias supera ya los 22 mil, deben añadirse unos 12 mil militares recluidos o bajo tratamiento por padecer trastornos de conducta, provocados por el denominado stress post traumático.
Se trata de quienes han sufrido las llamadas "heridas invisibles", cuya zaga continúa, en muchos casos, más allá del momento en que sonó el último disparo en un conflicto, con consecuencias imprevisibles desde el punto de vista social y familiar.
Claro que no todos enfermaron como resultado de la sostenida tensión nerviosa a que han sido sometidos durante la participación en acciones combativas o hasta por la simple permanencia en la zona de operaciones.
No pocos son aceptados como soldados por el Pentágono y trasladados a Iraq con padecimientos mentales o emocionales diversos, debido en gran medida a que las comisiones de reclutamiento, presionadas por los mandos para cumplir el plan de ingresos, obvian determinadas exigencias básicas y no llevan a cabo exámenes médicos sobre el estado mental de los aspirantes.
Estos padecimientos generalmente son "descubiertos" solo después que han tenido lugar acciones criminales contra la población civil, o entre los miembros de una misma unidad.
Revelador de esta situación es la matanza que un grupo de soldados pertenecientes a la 101 División Aerotransportada, realizaron en marzo pasado, en el poblado de Mahamocidiya, próximo a Bagdad, de una familia completa, incluidas dos muchachas violadas antes de ser asesinadas.
Ahora, solo ahora, se sabe que el líder del grupo, Steven D. Green, estaba sometido a tratamiento médico en el momento de ser llamado a filas y tenía antecedentes de haber padecido de un hiperactivo desorden de déficit de atención, en su etapa como estudiante universitario.
Todo indica que la administración Bush no toma en cuenta para nada el aleccionador síndrome provocado por la guerra de Viet Nam, de tan triste secuela, y conduce nuevamente a la juventud norteamericana a la misma situación.
Y es que en la guerra no solo el número de muertos nos dice la real dimensión de la tragedia y su costo social y humano. Es hora de que en la Casa Blanca saquen bien las cuentas.